El YO cuantificado

¿Cuántos sensores necesitamos llevar pegados al cuerpo para poder “conocernos” de manera exhaustiva?

La oferta de gadgets es muy amplia y también el objeto de su medida: desde las aparentemente “directas” como temperatura corporal y presión de la sangre, a otras más elaboradas como número de calorías consumidas, ciclos de sueño, estado de ánimo, etc. y que sabemos que se han definido mediante un algoritmo más o menos complejo.

Haber dormido bien o estar de buen humor ya tienen sus correlatos numéricos totalmente objetivables. En consecuencia, ya se puede hablar con legitimidad en términos como “vosotros dormís peor que nosotros” o “soy tres veces más feliz que ayer”.

Pero para ser justos con las nuevas tecnologías, el deseo irrefrenable por cuantificar cualquier fenómeno de la naturaleza (sentimientos incluidos) es tan antiguo como la propia Humanidad.  Y a fin de cuentas, da apoyo a todo método científico.

El número parece ofrecer un plus de “sustancialidad” a las cosas.

Sin embargo, eso que las cosas son en sí (su realidad “más íntima”) se empeña en permanecer oculto y es reacio a dejarse explicar por variables… y “viven” ajenas a ella. En el caso del yo, esto se manifiesta de modo más dramático: una cosa que reflexiona sobre sí misma.

Para bien o para mal, vivimos en primera persona la brecha insalvable entre experimento y experiencia: entre, por ejemplo, el de medir las calorías de un chuletón (o un tomate recién cogido de la huerta) y la de disfrutarlo en cada bocado.

De la misma manera que la medida aséptica de 120 pulsaciones por minuto no puede dar cuenta de la vivencia que las ha motivado ni de la intensidad con que se han vivido.

En todo caso, una vez que distinguimos para qué sí sirven las cifras, las posibilidades que se nos abren son igualmente ilimitadas.

El conocimiento de los datos

En dareCode sabemos que para llegar al mejor de los puertos es clave un conocimiento preciso de los datos.

Precisamente porque los mares en que navegamos están tejidos con las innumerables relaciones que creamos entre ellos: solo tenemos que seguir la ruta que van abriendo nuestros algoritmos.

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